Más no siempre es mejor, ni tan siquiera de aquello que es necesario
La mayor parte del negocio de los suplementos se sostiene sobre dos ideas tan intuitivas como equivocadas: que si una sustancia es necesaria para la salud, consumir más aportará más beneficio y que los alimentos de hoy "no llegan"
Por Juan Revenga Frauca · Dietista-Nutricionista
Buena parte del atractivo de los suplementos descansa sobre una idea aparentemente lógica: si un nutriente es necesario para la salud, aumentar su consumo debería proporcionar beneficios adicionales. Sin embargo, la fisiología no funciona de esa manera.
Se atribuye a Paracelso, uno de los padres de la toxicología, una máxima que conserva plena vigencia cinco siglos después: «Nada es veneno, todo es veneno; el veneno está en la dosis».
Cuando pensamos en un veneno solemos imaginar arsénico, cianuro, toxina botulínica o algún agente químico especialmente peligroso. Pero prácticamente cualquier sustancia puede resultar dañina si la dosis es suficientemente elevada. Incluso aquellas que resultan imprescindibles para vivir.
Hasta lo imprescindible puede resultar tóxico
El agua y el oxígeno son dos buenos ejemplos. Sin agua no podemos sobrevivir, pero ingerir varios litros en poco tiempo puede provocar una intoxicación grave, con consecuencias que pueden llegar hasta las convulsiones, el coma o la muerte. Del mismo modo, la administración de oxígeno a concentraciones elevadas y durante periodos prolongados puede causar toxicidad y lesiones pulmonares.
Con los nutrientes ocurre lo mismo. Vitaminas y minerales necesarios para mantener funciones esenciales pueden resultar perjudiciales cuando se superan determinados límites. Precisamente por ello se establecen los llamados niveles máximos de ingesta tolerable o UL (Tolerable Upper Intake Level).
La vitamina A, necesaria para la visión y el sistema inmunitario, puede provocar toxicidad hepática y alteraciones neurológicas en exceso. Minerales imprescindibles como el hierro o el selenio también pueden resultar tóxicos a dosis elevadas. Algo similar sucede con la vitamina D, el calcio, el magnesio o la vitamina C. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria establece límites superiores para numerosos micronutrientes.
Ser necesario no convierte el exceso en saludable
Nuestro organismo necesita cantidades suficientes de nutrientes: ni demasiado pocas ni demasiadas. Mantener esos valores dentro de determinados márgenes forma parte de la homeostasis, el conjunto de mecanismos mediante los que el organismo conserva su equilibrio interno.
Sin embargo, esta realidad choca con una intuición muy extendida: si una determinada cantidad es buena, una cantidad mayor debería ser todavía mejor.
Así, si las proteínas son necesarias para mantener la masa muscular, podríamos pensar que cuantas más consumamos, mejor; si el magnesio interviene en cientos de procesos fisiológicos, añadir más debería mejorar el descanso o el rendimiento; y si una vitamina participa en una determinada función, suplementarla debería potenciar esa función.
Pero de que algo sea necesario no se desprende que consumirlo por encima de nuestras necesidades produzca un beneficio adicional.
Sucede también fuera de la biología. La gasolina es imprescindible para que funcione un motor de gasolina, pero si en lugar de suministrarla en las cantidades precisas que dosifican los inyectores se introduce en exceso en los cilindros, el motor se ahoga y se detiene. La sustancia necesaria no ha cambiado; lo que ha cambiado es la cantidad.
Cuando una necesidad fisiológica se convierte en argumento comercial
La legislación permite realizar determinadas alegaciones de salud sobre nutrientes presentes en alimentos y suplementos. Puede afirmarse, por ejemplo, que el calcio contribuye al mantenimiento normal de los huesos, que el magnesio participa en el funcionamiento normal del sistema nervioso o que la vitamina C contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario.
Son afirmaciones ciertas y legalmente autorizadas.
El problema aparece cuando el consumidor interpreta que, por tanto, ingerir cantidades adicionales de esos nutrientes mejorará aún más dichas funciones. Una persona que ya cubre sus necesidades no tiene por qué obtener un beneficio adicional por aumentar su consumo.
La diferencia es importante: una función fisiológica puede terminar convertida en una promesa comercial que no se deriva de ella.
Los suplementos pueden ser necesarios, e incluso imprescindibles, cuando existe una deficiencia diagnosticada o una situación clínica concreta. Pero eso es muy distinto de recomendar su consumo generalizado a personas sanas para mejorar funciones que ya se desarrollan con normalidad.
Antes de suplementarte, ¿sabes cuánto consumes ya?
Antes de añadir vitaminas o minerales mediante suplementos conviene plantearse una pregunta elemental: ¿sabemos cuánto estamos obteniendo ya a través de nuestra alimentación?
La cuestión importa porque los suplementos se añaden a lo que ya comemos. Si desconocemos nuestro aporte dietético y sabemos que el exceso de determinados nutrientes también entraña riesgos, recurrir a dosis elevadas «por si acaso» tiene poco de prudente.
Una alimentación equilibrada proporciona los nutrientes necesarios dentro de unos márgenes en los que resulta difícil incurrir tanto en carencias como en excesos. Por eso, salvo que exista una razón concreta para suplementar, el mejor lugar para obtenerlos sigue siendo el plato.